miércoles, 16 de diciembre de 2020
BEETHOVEN 250 años de un Monstruo Inmortal
lunes, 30 de noviembre de 2020
La Peste de Albert Cammus
miércoles, 18 de noviembre de 2020
EL MOVIMIENTO AMBIENTALISTA: ÁFRICA (Parte 2)
EL MOVIMIENTO AMBIENTALISTA (Parte 1)
viernes, 6 de noviembre de 2020
El Despertar - Luna Roja
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| Nazari. El Despertar, 2013 |
lunes, 5 de octubre de 2020
La Flor púrpura de Chimamanda Ngozi Adichie
He concluido la lectura de la obra completa de esta rigurosa escritora nigeriana, cuya trayectoria se cimenta en la aldea de Abba y se expande desde la ciudad de Nsukka. Al habitar la sede de la Universidad de Nigeria y, específicamente, la casa que perteneció al célebre Chinua Achebe, Adichie no solo ocupa un espacio geográfico, sino que asume una herencia literaria fundamental. Su escritura establece un diálogo intergeneracional con la tradición de Achebe, autor por quien ella profesa una admiración que ahora comparto plenamente tras analizar la profundidad de su proyecto narrativo.
A través de su prosa, Adichie propone un tránsito hacia la complejidad del continente africano que ha marcado mi formación intelectual en los últimos años. Descubrí su voz en una librería mediante sus tomos breves, como el fundamental ensayo "El peligro de la historia única", junto a "Todos deberíamos ser feministas" y "Querida Ijeawele". Admito haber subestimado inicialmente estos textos frente a la obra de filósofas como Marina Garcés, pero hoy, tras conocer su trabajo íntegro, comprendo que su narrativa es un dispositivo crítico esencial para desmantelar los estereotipos occidentales sobre la identidad africana.
"La flor púrpura" se perfila como una pieza central en su producción, una novela de aprendizaje (bildungsroman) que evoca los años posteriores a la guerra civil nigeriana, marcados por una inestabilidad política sistémica. El texto articula una lucha descarnada por la libertad individual dentro de un entorno asfixiante, donde la calidez de los personajes contrasta con la rigidez de la intolerancia religiosa. La temática es una red de tensiones donde conviven la violencia política, el abuso de poder doméstico y la búsqueda de redención en espacios de resistencia, como el hogar de tía Ifeoma o el afecto del padre Amadi, que operan como contrapesos a la figura tiránica del padre de Kambili.
La maestría de Adichie reside en su precisión sensorial; la construcción de los ambientes se apoya en descripciones detalladas de sabores, aromas y cromatismos que anclan la narrativa en una realidad material concreta. El uso de la gastronomía tradicional —como el fufu elaborado con ñame— no es decorativo, sino que funciona como un símbolo de la identidad igbo que resiste a la alienación. No obstante, desde un análisis estructural, el cierre de la novela presenta una asimetría rítmica. Se percibe una aceleración en el tempo narrativo que resulta precipitada, atropellando la transición psicológica de los protagonistas. Pese a este desajuste en el desenlace, la obra sostiene una potencia poética innegable.
Me apropio de un pasaje que sintetiza la capacidad de Adichie para hallar lo sublime en lo cotidiano: «Aquella noche, al bañarme en un balde lleno de agua de lluvia, no me limpié la mano izquierda, la que el padre Amadi había sostenido con suavidad para quitarme la flor. Tampoco puse a calentar el agua porque tenía miedo de que la resistencia eléctrica le robara al agua el aroma d
viernes, 2 de octubre de 2020
El Símbolo y su Inversión
martes, 8 de septiembre de 2020
Una Habitación Propia de Virginia Woolf
La narrativa de Virginia Woolf no es una crónica de sucesos, sino una disección de la conciencia que rompe con la hegemonía del realismo tradicional; la prosa de Woolf desmantela la linealidad tradicional mediante una arquitectura lingüística que supuso un hito en la modernidad. Aunque su estilo innovador y sus experimentos con el stream of consciousness se consolidaron en la década de los veinte, leerla bajo la sombra de la crisis europea de mediados de siglo dota a su obra de una urgencia existencial renovada. No se trata solo de una fluidez estética, sino de una ruptura con el realismo para capturar la fragmentación de la psique humana en un periodo de devastación global.
Debemos reconocer a Virginia como una cartógrafa de silencios históricos. Si bien a finales del siglo XVIII las mujeres de estratos medios comenzaron a acceder a la autoría pública, Woolf nos recuerda que la genealogía de la mujer pensadora es mucho más profunda y antigua. Desde la lírica fundacional de Safo en la época arcaica, pasando por el rigor intelectual de Hildegarda de Bingen o la defensa de la ciudad de las damas de Christine de Pizan en el siglo XIV, la escritura femenina ha existido como un acto de resistencia, aunque careciera de la validación institucional que Woolf reclama para su propio tiempo.
Al abordar sus ensayos, es posible identificar una tesis central que trasciende la mera protesta: la búsqueda de un equilibrio ontológico. Woolf sugiere que las mentes más potentes son las andróginas, aquellas que logran conciliar lo masculino y lo femenino para aprehender la realidad de forma total. Históricamente, hemos operado bajo un sesgo que mutila la comprensión del ser humano al validar solo una faceta de la existencia. No se trata de un conflicto de géneros en la superficie, sino de la necesidad de alcanzar un estado de completitud intelectual donde el hacer y el sentir no sean esferas separadas, sino una unidad coherente y funcional.
Persistimos en una idiosincrasia que nos fragmenta, y aunque la idea de un giro matriarcal resulte sugerente, la verdadera libertad que Woolf propone no reside en la inversión de poderes, sino en la conquista de la independencia mental. Sin esa "habitación propia" —tanto física como simbólica—, la autonomía es una ilusión. Si no logramos habitar nuestra propia conciencia despojados de los condicionamientos externos, corremos el riesgo de descubrirnos al final de la vida como entes vacíos. Estamos engañados por las estructuras externas, y sin ese centro intelectual sólido, terminamos siendo solo islas desoladas, simples partículas de polvo disueltas en el tiempo.
miércoles, 26 de agosto de 2020
Alegoría De Los Peligros Del Mundo
lunes, 20 de julio de 2020
Bites - "La Ilusión de la Información"
viernes, 10 de julio de 2020
¿Sabías Que...?
domingo, 28 de junio de 2020
Turista o Peregrino
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| Dolores Ashcroft Nowicki & Jo Gill. The Fool, 1989 |
domingo, 7 de junio de 2020
in-Potentia
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| George Frederick Watts. Esperanza, 1886 |
sábado, 30 de mayo de 2020
¿Derecho a la vida?
El entusiasmo que nos genera el ver cómo cuidan de nuestra vida haciendo de ella un «derecho», a veces no nos deja ver que esto es una inmensa tontería. La vida no es un «derecho», sino un hecho. Somos seres vivos, y estar vivo se da por hecho. No interviene ningún tercero vivificante entre nosotros y nuestra vida, pues es la vida el atributo de nuestro ser, verbo copulativo, por lo tanto, no predicativo, y no transitivo. Somos vivos, y esto no requiere otra proposición, ni condición, ni derechos, ni siniestros. Siendo así entonces, ¿porqué hicieron de esta vida un “derecho”? Sencillo: al hacer de la vida un “derecho”, necesariamente alguien o algo otorgará ese derecho, y ese papel se lo adjudicará rápidamente el poder político. Hacer de la vida un derecho pone más fácil el camino para quitarse ese derecho, (la vida).
Si la vida es un hecho natural, matar es un deshecho contranatural; si la vida es un “derecho”, matar solo resulta ser un “delito”…
¡Justicia para George Floyd!














