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jueves, 18 de junio de 2026

ABELARDO DE LA ESPRIELLA: Guerra espiritual y exclusión como campaña política

El pasado 10 de mayo, en una entrevista concedida a Caracol Radio, el candidato de derecha a la presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriella, se refirió a su proceso de conversión al cristianismo católico y también dio su opinión sobre el islam, al cual calificó de “un fundamentalismo, un radicalismo que le hace mucho daño a la democracia, a la sociedad, y a las libertades”.

Este discurso anti-islámico, presente desde hace varias décadas en la retórica de los movimientos, partidos y figuras de las derechas internacionales, apoyadas especialmente en sentimientos o adhesiones nacionalistas, supremacistas, conservadores y/o anti-migratorios, es una muestra pequeña pero significativa de los repertorios ideológicos que movilizan a figuras políticas como De la Espriella, no solo en Colombia, sino en América Latina y en el mundo.

Las palabras de Abelardo de la Espriella en la entrevista conducida por el periodista Gustavo Gómez Córdoba fueron las siguientes:

Abelardo: Yo soy católico, pero tengo una visión ecuménica de la religión. Respeto todo y me gusta… o sea, yo voy a un rito cristiano y me encanta. He hecho rezos con la comunidad judía, que me encanta también. 

Gustavo Gómez: ¿Cómo le va con el islam?

Abelardo: No, eso sí me parece una gran amenaza para la humanidad. Pues ya lo dijo Oriana Fallaci (...) a mediados de los 70: “la gran amenaza para Occidente es la expansión del islam”, y mira lo que está pasando en Europa. Y Oriana Fallaci lo dijo hace 50 años. Yo creo que el islam es, más que una religión, es un fundamentalismo, un radicalismo que le hace mucho daño a la democracia, a la sociedad, y a las libertades… nada que ver con el islam. No me interesa en lo absoluto, pero tengo una visión ecuménica de la religión. 

En este artículo discutimos el papel que tiene la fe como movilizador de miedos y supuestas profecías en el marco de la campaña presidencial 2026-2030 en Colombia, que se desarrolla en medio de una profunda división en torno a dos proyectos políticos y agendas de país diametralmente opuestas. En especial, reflexionamos sobre los mensajes que incitan al odio y rechazos a la diferencia en términos de identidad y espiritualidad que en varias ocasiones ha promovido Abelardo de la Espriella (principal candidato a hacerse con la presidencia en la segunda vuelta electoral) frente a medios de comunicación y ante multitudes cristianas en iglesias evangélicas.


El islam y el mito de la gran amenaza para Occidente

En la entrevista en Caracol Radio, Abelardo de la Espriella citó a la periodista italiana Oriana Fallaci, autora de “La rabia y el orgullo”, un duro texto parte de una trilogía de libros abiertamente criticados por su incitación al odio y a la islamofobia. Fallaci escribió estos textos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001: 

¿No comprenden que los Osama bin Laden se creen verdaderamente autorizados a matarlos a ustedes y a sus hijos porque beben vino o cerveza, porque no llevan barba larga o el chador o el burka, porque van al teatro y al cine, porque escuchan a Mozart y cantan una cancioncilla, porque bailan en las discotecas o en sus casas, porque ven la televisión, porque llevan minifalda o pantalones cortos, porque en el mar o en la piscina están desnudos o casi desnudos, porque follan cuando y donde y con quien quieren? ¿Ni siquiera les importa eso, tontos? Yo soy atea, gracias a Dios. Racionalmente, por tanto, irremediablemente ateo. Y no tengo ninguna intención de ver mi racionalismo, mi ateísmo, ofendido y perseguido y castigado por los nuevos Inquisidores de la Tierra.” (...) “Para empezar, me molesta hablar de ‘dos’ culturas. Es decir, ponerlas en el mismo plano como si fueran dos realidades paralelas: dos entidades de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización está Homero, está Sócrates, está Platón, está Aristóteles, está Fidias. (...) detrás de la otra cultura, la cultura de los barbudos con la sotana y el turbante, ¿qué hay?

Las palabras de la periodista italiana caen en recurrentes caracterizaciones y descalificaciones que sirven cómodamente a las posturas de los movimientos anti-musulmanes y anti-migrantes en Europa. Se trata de la igualación tajante entre movimientos islamistas, a menudo de corrientes minoritarias, literalistas y conservadoras, con la totalidad de los seguidores de un sistema de creencias y prácticas que cobija el rótulo de “islam” o “musulmanes/as”. Al Qaeda, encabezado entonces por Osama bin Laden, los grupos terroristas ISIS/Daesh, Boko Haram, o el movimiento Talibán, entre otros, aparecen ante los ojos del neoconservadurismo nacionalista europeo u occidental como portaestandartes de la práctica convencional e incluso ejemplar de la religión del islam.

Además de este primer y fundamental error de equiparamiento, Fallaci comete un error de sesgo paranoico: concibe que todo musulmán o musulmana ha instaurado una “guerra santa” en contra de la diferencia en prácticas de consumo cotidiano, erigidas entonces como el último salvavidas de la identidad europea en un mundo que quiere ver su erradicación. Cree que cualquier practicante del islam, incluso si es converso, le matará en el acto por beber alcohol, vestir de determinada forma o por comer cerdo. Fallaci atribuye al islam un belicismo negador de la diferencia (lo cual resulta paradójico al ser el nacionalismo, el europeismo y el supremacismo blanco ideologías negadoras a ultranza de la diferencia), sustentado netamente en una visión reducida de grupos extremistas dentro del islam político wahhabi (con orígenes, además, en la influencia occidental sobre la incipiente monarquía saudí durante el siglo XIX) o deobandi que la autora naturalmente expande a toda la religión sin espacio a cualquier duda o interpretación que salga de su molde mental. Niega, con ello, que existan musulmanes/as al margen de una retórica del “choque de civilizaciones”, que practiquen su fe desde hace siglos en armonía con otras perspectivas religiosas, o que puedan ser al mismo tiempo progresistas e impulsen aperturas hermenéuticas o democráticas dado que para la autora esto sería una contradicción.

La contradicción de este enfoque radica en que el corpus teológico y legal del islam contradice la uniformidad violenta que se le atribuye. Primero, porque el concepto de yihad, sistemáticamente traducido de forma unívoca como “guerra santa”, posee en la tradición islámica una dimensión primordial de esfuerzo espiritual interno: yihad al-akbar o la yihad mayor refiere al perfeccionamiento moral frente a las pasiones del individuo. Su vertiente armada 一yihad al-asgar o yihad menor一 está sujeta en la jurisprudencia clásica a estrictas normas defensivas. El texto coránico prohíbe explícitamente la agresión injustificada y la destrucción de templos de otras confesiones (Véase El Corán: 2:190-192; 22:39, 8:61, etc.), un mandato que la lectura literalista de los grupos extremistas y la lectura especular de la extrema derecha occidental prefiere omitir para justificar su belicismo.

El tercer error de Fallaci, y por extensión de Abelardo, es creer que al otro lado del yo hay una pared en blanco, infértil y destructiva con la cual no se puede ni se podrá nunca dialogar, puesto que, de un lado, hay un supuesto peso acumulado de los logros de la civilización occidental, con la filosofía griega a la cabeza, apoyada en las artes renacentistas, las melodías románticas, las arquitecturas perennes, las letras racionalistas… y del otro lado no hay absolutamente nada; la cultura vacía, el fundamentalismo violento y la ignorancia. Este equiparamiento crea un abismo imaginario según el cual una sociedad no puede dialogar con otra (ni siquiera puede gozar del mismo privilegio de ser llamada “civilización”) hasta que no demuestre qué capital cultural ha sido capaz de acumular a lo largo de los siglos bajo los mismos y exactos términos y balanzas que emplea la primera. Asume, podría decirse, que los pueblos originarios y naciones indígenas de tradiciones orales no son dignas de civilización, así como tampoco lo serían las sociedades que no construyan con mármol, hablen en lenguas romances o no utilicen partituras clásicas para componer sus músicas. 

Precisamente Abelardo de la Espriella, en declaraciones a El Meridiano el 12 de septiembre de 2025, afirmó: “Conmigo [los indígenas] se organizan y se vuelven ciudadanos de verdad”:

Abelardo: Los indígenas son dueños del 33% de la tierra en Colombia y siguen exigiendo más. Una deuda ancestral, que a juicio de ellos, no hay cómo pagar. Conmigo se organizan y se vuelven ciudadanos de verdad, o van a saber lo duro que muerde el tigre… Yo ese desorden de los indígenas y esa extorsión constante y esa presión no la voy a permitir. Manifestaciones sí, pero bloqueando vías no, ni destruyendo la infraestructura, ni haciendo desmanes, ni creando el caos. Los indígenas deberían pensar que una cosa es meterse a bloquear la carretera sin el tigre y otra con el tigre en el poder, porque yo soy de los tigres que rugen y que muerden. 

Aparece una vez más la negación del otro bajo etiquetas deshumanizadoras que desprestigian o niegan las luchas históricas y los derechos legítimos a la protesta por parte de comunidades y pueblos indígenas, bajo la idea de que extorsionan, violentan o causan daños a la propiedad. Desde la perspectiva de las derechas colombianas, el estallido social en Colombia, entre los años 2019 y 2021, fue una amenaza para la democracia, la propiedad privada y las instituciones. Desde entonces, diversos grupos que han respaldado iniciativas como la militarización de las ciudades, la división étnico-racial del Cauca y otros territorios, o la remoción de derechos y garantías sociales, hoy respaldan una candidatura que abiertamente descalifica y deshumaniza las movilizaciones populares como la minga indígena. A estas posturas del candidato De la Espriella se le añaden otras todavía más graves y evidentes del racismo estructural latinoamericano y blanco-mestizo: los indígenas no son ciudadanos. 


La fractura teológica: el mesianismo como espejo cóncavo

El candidato se ha presentado a sí mismo como el rey David de esta época, símil en el que hay cabida para evocar a otros personajes históricos 一profetas, héroes, gobernantes y reyes一 del Antiguo Testamento. En ese orden de ideas, De la Espriella emplea con frecuencia evocaciones a pasajes bíblicos o a historias del judeocristianismo para comparar su campaña y sus objetivos de gobierno con las batallas y el liderazgo de figuras como Ciro el Grande, bajo la idea de que la contienda política e ideológica que él considera debe enfrentar Colombia, no es otra cosa que un designio divino que le fue decretado a él y solo a él.

En enero de 2026, en medio de una intervención del candidato en una megaiglesia carismática de bastante reconocimiento en la ciudad de Bogotá, afirmó: 

Colombia atraviesa sus horas más oscuras: nunca en 215 años de vida republicana nuestro país se había visto abocado a tantos problemas, a tantas situaciones terribles y Dios hace unos llamados especiales y prepara a hombres y mujeres para afrontar los retos, para defender las naciones y para levantar los muros, como lo hizo Nehemías. Yo tuve la fortuna de ser llamado por Dios hace cinco años y él me ha guiado hasta este momento. Ha preparado mi corazón, ha alimentado mi espíritu y me ha dado la fuerza necesaria para enfrentar el desafío más grande que tiene Colombia, que es salvarla y reconstruirla. Yo quiero ser el Ciro de Colombia, porque quiero liberar a nuestro país de la inseguridad, quiero liberarlo de la ruina económica, de la corrupción que tanto hace. 

Tenemos que hacer una revolución cultural y por eso tenemos que elegir a un Ciro, que tenga la fuerza y determinación de David, que tenga la visión de Nehemías y que sea valeroso como Daniel, porque lo que se viene es muy duro. No solamente asistimos a una batalla electoral, sino a una guerra espiritual, y no hay forma de ganar esa guerra espiritual si no es con el pueblo cristiano, y este país necesita un líder fuerte, decidido y determinado, porque lo que viene es una gran batalla.

En esta mano voy a llevar la biblia y en esta mano el fusil para combatir el crimen.

La retórica expuesta en la campaña no solo representa un peligro para el orden constitucional, sino una profunda herejía política. Al autodenominarse el Rey David o el Ciro de nuestro tiempo, el candidato traza una cartografía de la fe confinada deliberadamente al Antiguo Testamento. En esa geografía militarizada, el Cristo que desarma a Pedro en el huerto de Getsemaní es un estorbo que debe ser suprimido. La imagen de empuñar la Biblia en una mano y el fusil en la otra exige silenciar el mandato evangélico central: es un artificio narrativo. El mesianismo que invoca pervierte la doctrina de la guerra espiritual, degradando un combate inmaterial en una cruzada secular contra el comunismo y la diversidad.

Pedir a sus congregaciones una barrera de oraciones para blindar su ascenso al poder trasciende la estrategia electoral. Constituye una instrumentalización utilitaria de lo sagrado, simulacro en el que Dios deja de ser el fin inescrutable para reducirse a un mero escolta táctico de un proyecto humano. La divinidad es tomada en vano para legitimar la ambición.
A este vaciamiento doctrinal se suma la abolición del prójimo. Las condenas absolutas al islam como una amenaza a las libertades y la exigencia de sumisión a las comunidades indígenas para reconocerles ciudadanía fracturan el principio de la Imago Dei, expresión latina que significa “imagen de Dios”. El cristianismo primitivo fundó su ética en el extranjero, en la figura del samaritano marginado. Al edificar laberintos de exclusión identitaria, el candidato anula el contenido ético de los mismos textos que empuña como arma. La fe se convierte así en un espejo cóncavo donde solo se refleja, monótona y previsible, la propia vanidad del poder.


Hacia un pluralismo dialogante con y desde la fe

La Constitución de 1991 consagró en Colombia la libertad de cultos y, en años posteriores, la Corte Constitucional ha reconocido en reiteradas ocasiones el carácter laico del Estado, rompiendo con la hegemonía que hoy el candidato de Salvación Nacional pretende restaurar mediante una simbología exclusivista. Frente a la instrumentalización del miedo y de las creencias religiosas para justificar proyectos políticos restrictivos, la Declaración de Beirut (2017) y la iniciativa global Fe por los Derechos, impulsadas por las Naciones Unidas, constituyen referentes significativos. Se orientan precisamente a contrarrestar el uso de los textos sagrados como herramientas de odio, discriminación y exclusión, convocando a líderes y comunidades religiosas a comprometerse activamente con la defensa de los derechos humanos, la libertad religiosa, la protección de las minorías y el rechazo a los discursos de odio. 

El islam participa de este esfuerzo no como un actor forzado, sino como una de las tradiciones religiosas que ha contribuido a fundamentar y desarrollar estos compromisos desde sus propias  fuentes doctrinales. A propósito, el Corán establece de manera categórica: “No cabe coacción en la religión” (Sura Al-Baqara, 2:256), un principio que invalida cualquier intento de imposición teocrática o aniquilación de las libertades que De la Espriella adjudica al islam de forma generalizada.

Lejos de la uniformidad destructiva que sugieren ciertos discursos políticos contemporáneos, la pluralidad humana es defendida en el texto sagrado del islam como un diseño divino destinado al conocimiento mutuo, no al conflicto: "¡Oh, humanos! Os hemos creado a partir de un varón y de una mujer, y os hemos transformado en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros" (Sura Al-Juyurat, 49:13). Asimismo, la tradición de los dichos del profeta Muhammad (hadices) subraya la responsabilidad ética hacia el entorno social a través de la justicia; un hadiz canónico señala que “ninguno de vosotros creerá verdaderamente hasta que desee para su hermano lo que desea para sí mismo”. Esta visión sitúa el potencial de la fe musulmana en la misma línea de defensa de los Derechos Humanos y la dignidad compartida que las teologías de la liberación o las doctrinas sociales de otras Iglesias han sostenido. Al reducir el islam a un monolito radical, el discurso de la campaña presidencial no solo exhibe ignorancia teológica, sino que clausura deliberadamente los canales de un diálogo interreligioso que resulta indispensable para frenar el acorazamiento identitario de las opciones neoconservadoras.

Más allá del reconocimiento de la pluralidad, las fuentes islámicas exhortan activamente a buscar la armonía entre credos. El corán dicta: “...si se inclinasen hacia la paz, haz lo mismo y entrégate por completo a Allah. En verdad, Él es quien todo lo oye, quien todo conoce” (Sura Al-Anfal, 8:61). Este mandato se evidenció en el año 10 de la hégira con el evento de Mubájala. En este acontecimiento, el Profeta Muhammad junto a su familia sostuvo un debate teológico con una delegación cristiana de la península arábiga. Ante la falta de acuerdo doctrinal, el Profeta propuso el rito de la Mubájala (invocación de la verdad), pero la delegación cristiana declinó participar. En su lugar, el profeta reconoció las similitudes entre el cristianismo y el islam, abogó por el respeto mutuo y firmó un tratado de paz que garantizó la protección de los pueblos cristianos de Najrán bajo el naciente gobierno islámico. 

Los ejemplos aquí presentados permiten apreciar una comprensión más amplia y compleja del islam que aquella promovida por discursos excluyentes que insisten en presentarlo como una amenaza o como una religión cerrada sobre sí misma. Por el contrario, sus fundamentos teológicos y diversas experiencias históricas contienen llamados explícitos al reconocimiento de la pluralidad humana, al diálogo entre comunidades, a la búsqueda de la paz y al respeto por otras tradiciones religiosas, configurando una visión de la fe orientada al encuentro antes que a la exclusión. 


El peligro de una lectura simplista de las creencias, espiritualidades e identidades diferentes

La pregunta concreta para los próximos cuatro años en Colombia es ¿qué hacer ante el posible ascenso de un gobierno que no reconozca a las minorías, sus afirmaciones identitarias, sus proyectos políticos, sus espiritualidades o incluso sus voces y sus derechos a la ciudadanía? Aunque estas experiencias de exclusión o marginación estatal han sido históricamente perpetuadas en contra de las minorías, un posible gobierno de Abelardo podría tener otros alicientes más agudos en comparación con las derechas tradicionales. ¿Cómo plantear estrategias de resistencia a un discurso y a unas prácticas de activa militancia anti-derechos en los que la fe y la espiritualidad son cartas directas de coacción y promoción de la violencia política? 

Más allá de la posición del candidato en cuestión, desde el período electoral ya estamos observando eslóganes y llamamientos a ejercer presiones de rechazo, expulsión o incluso eliminación de la diferencia; prácticas que se refuerzan de forma intravenosa en la población, amplificadas además por medios de comunicación, redes sociales y consignas populistas muy al estilo de lo que ha cultivado el movimiento MAGA en Estados Unidos: un ejercicio de acorazamiento identitario beligerante y una llamada a tomar el poder “por la razón o por la fuerza” con tal de defender estamentos sociales, políticos, culturales y religiosos que, en todo caso, han sido los pilares históricos de las clases dominantes y que se erigen como contrapeso al multiculturalismo, al pluralismo y a la visibilización de la diferencia en cualquiera de sus acepciones. Abelardo, Milei y Trump son movilizadores de este sentimiento que se mueve entre el miedo y los valores tradicionales.

La lectura de Abelardo de la Espriella sobre el islam no es una afirmación únicamente en contra de los y las musulmanas; es una muestra de lo que es capaz su política “outsider”: ser, al mismo tiempo, defensor de lo tradicional 一la religión judeocristiana “verdadera”, la familia en su estructura convencional, las relaciones de poder inalterables一, así como un renovador libertario del estado, políticamente incorrecto y “frentero”, “sin tapujos”, que no teme decir lo que piensa. 

La llegada al poder del candidato de Salvación Nacional significaría un retroceso no sólo en muchas de las luchas sociales y garantías del estado social de derecho, sino también un “jaque” al reconocimiento de las creencias y espiritualidades que no compaginen con el tipo de religiosidad judeocristiana de Abelardo y de sus seguidores. De manera que la carta religiosa que ha asumido un rol protagónico en su campaña puede convertirse en la punta de lanza para restar derechos y reconocimiento no solo a religiones poco convencionales en Colombia, como el islam, sino a otras experiencias quizás más arraigadas en el país pero que no comparten las premisas del candidato: a saber, mediante el señalamiento o descalificación a las doctrinas sociales de la Iglesia Católica, o al trabajo de las comunidades de fe por la paz y los Derechos Humanos.


Este artículo se escribió en colaboración con el Colectivo de Fátima para Otros Cruces, gracias a Víctor Solano y Alejandra Santos. 

Aquí comparto la nota publicada en otroscruces.org. El análisis teológico y político imprescindible sobre la campaña 2026 en Colombia: https://otroscruces.org/la-biblia-y-el-fusil-la-diferencia-religiosa-como-amenaza-en-las-elecciones-colombianas/