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martes, 20 de octubre de 2026

Mística y Teología oculta en “The OA".


Estamos en una era profundamente desprovista de nuevos mitos, vivimos atrapados en un paradigma donde el pragmatismo y el empirismo han asfixiado nuestra capacidad de asombro. Nuestra inflexibilidad y materialismo nos tienen enterrados en un panorama audiovisual dominado por narrativas hiper-explicativas que no dejan espacio para el cuestionamiento y el misterio, por eso hoy quiero hablarles de una de mis series favoritas: “The OA", una serie que irrumpió como una tormenta silenciosa hace ya 10 años. Fue creada por Brit Marling y Zal Batmanglij, una obra que exige ser leída no como una simple serie de ciencia ficción, sino como una especie de texto sagrado posmoderno, una amalgama erudita donde el realismo mágico literario colisiona frontalmente con la mecánica cuántica y la teología mística A primera vista, la historia de Prairie Johnson se presenta como un intrincado rompecabezas sobre secuestros y dimensiones paralelas. Sin embargo, al observar con detenimiento, encontramos un mapa filosófico y teológico meticulosamente estructurado que desafía por completo nuestra comprensión occidental sobre la identidad, la memoria, el trauma y la salvación. Marling ha mencionado cómo autoras contemporáneas como Han Kang, o gigantes literarios como Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, logran transitar de lo asfixiantemente cotidiano a lo sublime sin que el espectador cuestione la fractura de la realidad. The OA hace exactamente esto: toma los escenarios más vulgares del hiperrealismo suburbano estadounidense y cotidiano, y los convierte en el lienzo de una epifanía cósmica.

viernes, 3 de julio de 2026

El secreto de las hermanas Brontë


Retrato de las hermanas Brontë (c. 1834). Pintado por Branwell Brontë 

Este año he vuelto a releerme Cumbres Borrascosas y todo sobre estas hermanas enigmáticas que me han inspirado. Y hoy quiero contarles que existe una historia que nos obliga a bajar la voz, una narrativa que habita en el umbral entre lo doméstico y lo salvaje. En la remota casa parroquial de Haworth, rodeada por un mar de hierba ondulante y gris, estás tres mujeres gestaron las novelas más poderosas de la lengua inglesa. Charlotte, Emily y Anne Brontë no escribieron por ambición de fama; escribieron desde una urgencia creativa casi biológica. En un entorno donde la muerte no era una posibilidad lejana sino una inquilina permanente, la literatura fue su única forma de existir y escapar contra todo pronóstico. Para entender su obra, no basta con leer sus libros; hay que descifrar la geografía del alma que las habitaba, una herencia de sombras que transformaron en una pólvora de pureza exquisita. Cuando Cumbres Borrascosas de Emily Brontë se publicó en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell, la crítica victoriana no fue amable; fue visceral. Se habló de una "aberración", de "depravación vulgar" y de "horrores antinaturales". Un crítico de la época escribió:  "El lector se siente conmocionado, disgustado, casi asqueado por los detalles de crueldad, inhumanidad y del odio y la venganza más diabólicos; y de pronto aparecen pasajes que ofrecen un poderoso testimonio del poder supremo del amor incluso sobre demonios con forma humana".  ¿Cómo pudieron las hijas solteras de un clérigo rural parir semejante violencia y obsesión sin haber experimentado el romance en primera persona? La respuesta no está en la imaginación pura, sino en una realidad tan cruda que hace que la ficción parezca un juego de niños.  

lunes, 20 de abril de 2026

SIMONE WEIL, La Filósofa de la Gracia

 

Llevo leyendo a Simone Weil todo este año. Fue un descenso que comenzó por una vía inusual: mi obsesión reciente con Lux, el último trabajo de Rosalía. Llevo meses desmenuzando ese disco. Había en esa obra un vaciamiento, una renuncia estética que me empujó finalmente a buscar los textos de la filósofa francesa. Quería estudiarla a profundidad desde hace tiempo y Lux fue el detonante para no procrastinarlo más. Fui a sus páginas esperando encontrar una teoría teológica o un concepto de atención aplicable a la escucha. 

Uso la palabra descenso porque la obra de Weil es una inversión de la tradición espiritual. La filosofía y la religión occidentales suelen estructurarse como narrativas de ascenso: el intelecto que se eleva hacia las ideas puras, el alma que escala hacia la luz, el individuo que trasciende su condición. Weil destruye esa verticalidad. Su instinto hacia la renuncia no fue una epifanía adulta, sino una inercia temprana. Creció bajo la sombra aplastante de su hermano André, un genio matemático que leía a Platón en la infancia, y su respuesta frente a esa grandeza intelectual fue el repliegue moral y el autosacrificio. Durante la Primera Guerra Mundial, siendo apenas una niña, dejó de consumir azúcar en solidaridad con los soldados en el frente. Someterse a la inercia mecánica de la fábrica y vaciarse de todo privilegio no fue una etapa biográfica accidental, fue su método estricto de conocimiento. 

domingo, 6 de julio de 2025

“La Inteligencia de las Flores" de Maurice Maeterlinck




Desde mis 12 años he tenido una gran obsesión que ha durado muchos años (diría que hasta hoy no se ha ido completamente). En ese entonces era el lenguaje de las flores; ahora, en sí, hablo de las flores y su naturaleza: la mecánica floral. No sé en qué momento de la vida dejamos de prestar atención a las cosas bellas y simples que siempre nos rodean, como las flores que nacen en cualquier parte del mundo. Recuerdo que me deleitaba verlas, descubrirlas, fotografiarlas, categorizarlas, pintarlas, y bueno, he vuelto a esa obsesión que me ha guardado por años. Pero en esta oportunidad, desde el estudio y de la mano de Maurice Maeterlinck y su maravilloso y amado libro “La Inteligencia de las Flores”. Y sí, mientras el mundo arde (sin necesidad de ignorar o evitar la cruda dosis de la realidad), qué mejor que las flores para explicar la naturaleza de las cosas; es en ellas donde se concentra el esfuerzo de la vida hacia la luz y hacia el espíritu.

“Designa la “idea fija” floral de rebelarse, ascender, quebrar el estático destino vegetal y penetrar el mundo animado. Y aborda la obligatoria premisa de todo humano que ambiciona saborear lo vivo: captarlo (entenderlo: intelligere) en su dinámica específica.".

Hay un momento, breve pero sagrado, en que una flor se abre. Nadie lo ve del todo, porque sucede en el ritmo de lo lento, en la respiración secreta de la naturaleza. Y sin embargo, en ese gesto minúsculo —la inclinación de un tallo, la apertura de un cáliz, la torsión leve de un estigma buscando el sol—, se despliega una inteligencia antigua, callada y “sin" lenguaje.