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| Kandisnky. La Vida Colorida, 1907 |
Toda obra nace de su tiempo y, a la vez, engendra nuestras sensaciones. Pretender resucitar los principios artísticos del pasado solo produce obras muertas: fetos que jamás verán la luz, pues cada época cultural exige un arte propio e irrepetible. Existe, sin embargo, otro tipo de semejanza formal entre distintas eras. Surge cuando un medio moral y espiritual comparte una misma aspiración fundamental: la búsqueda de fines que una vez se persiguieron y luego cayeron en el olvido. Este bello librito nos habla, precisamente, de la necesidad de trascender el materialismo en la creación artística para conectar con la dimensión interior del ser humano, a la que Kandinski denomina lo espiritual. El autor argumenta que el arte no debe limitarse a la imitación de la naturaleza ni a la búsqueda exclusiva de la belleza formal, sino funcionar como un lenguaje del alma capaz de conmover al espectador a un nivel puramente psíquico y vibratorio.
Tras un largo periodo materialista, el espíritu despierta apenas. Desprovisto de fe, sin rumbo ni horizonte, incuba en su interior la semilla de la desesperación. Despunta una luz tenue, un punto mínimo en una inmensa esfera negra que el espíritu teme mirar de frente, dudando si esa luz es un espejismo y la tiniebla la única realidad. En este umbral, la vida del artista es compleja y sutil. «Llevar luz a las tinieblas del corazón humano: esa es la misión del artista», escribió Schumann, en abierta contraposición a la perspectiva de Tolstói, quien sostenía que el artista era simplemente un hombre que sabía dibujarlo y pintarlo todo. Hoy, la realidad deforma ese propósito: espíritus hambrientos salen del museo tan vacíos como entraron. La multitud deambula por las salas declarando que los cuadros son bellos o grandiosos. Ese estado de esterilidad es el l’art pour l’art. Es la dispersión de las fuerzas del creador en el vacío, el ahogamiento del sonido interior que constituye la esencia misma de la forma y el color.
Para explicar este proceso de elevación, Kandinski desarrolla la metáfora de la pirámide o el triángulo espiritual. Representada en un gráfico, la vida espiritual es un triángulo agudo dividido en partes desiguales. La humanidad avanza lentamente hacia la cúspide, y los artistas verdaderos son los guías o profetas que se adelantan en ese ascenso. La sección superior, la más estrecha, apunta hacia arriba, y a medida que se desciende, cada franja se ensancha. Esta figura se desplaza de manera imperceptible hacia adelante y hacia arriba: donde hoy está la cima, mañana estará la franja siguiente. En la cúspide suele haber un solo hombre, cuyo gozo se equipara a su desmedida soledad interior. Quienes lo rodean no lo entienden; indignados, lo tachan de loco o impostor.
Hay artistas en todas las secciones, pero solo quien logra ver más allá de sus límites actúa como motor para sus pares. Las épocas en que el arte carece de este guía supremo son periodos de decadencia. Las almas caen a las secciones inferiores y el triángulo se paraliza. El arte, reducida su función a la supervivencia material, se degrada y busca su razón de ser en la materia vulgar. En el arte tradicional, la elevación se lograba mediante la representación de objetos reconocibles; sin embargo, Kandinski sostiene que el arte moderno debe prescindir del objeto para apelar directamente a las emociones a través de los elementos puramente plásticos, anticipando la abstracción. El qué del arte se extingue, y la única pregunta que ocupa al artista es cómo pintar. Aun así, ese cómo conserva un pulso capaz de encender intuiciones sutiles para reencontrar el sentido perdido.
Las fracturas de este pensamiento estancado atraviesan todas las capas. En las franjas inferiores impera el dogmatismo materialista, mientras que más arriba emergen una Ciencia y un Arte convencionales que solo reconocen lo medible o lo enmarcado en la convención social. Frente a esta crisis, el fin del artista es la manifestación radical de su mundo interior.
El color y la forma constituyen las herramientas fundamentales de este lenguaje. Cada color posee una resonancia espiritual propia y desencadena una vibración en el alma que puede medirse en dos dimensiones: una térmica (cálido o frío) y una espacial (si se acerca o se aleja del espectador). Por ejemplo, el amarillo se expande, es estridente y se asocia a la locura o a la energía terrenal agresiva, hallando su resonancia perfecta en formas angulosas como el triángulo. Mientras tanto, el azul se concentra, tiende a la profundidad infinita y evoca la quietud o lo celestial, contenido en contornos suaves como el círculo.
La combinación de estos colores genera una armonía o un contraste similar al de la música, arte que para él es el modelo supremo de la abstracción porque comunica estados anímicos sin depender de la representación figurativa. Al desligarse de la anécdota literaria y la copia inútil de la naturaleza, el artista alcanza la composición puramente pictórica. El alma no es un mero receptáculo de impresiones, es la fuerza activa que engendra la obra mediante un proceso místico. Una vez creada, la obra se independiza del autor. Cobra vida propia, respira de forma autónoma y se transforma en un ser con existencia real. El arte no es una producción de objetos que se disuelven en la nada, sino el pan cotidiano de la pirámide espiritual.
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