Hace un tiempo, con unas amigas que amo mucho compartimos la dinámica «conociéndote por tus álbumes». Yo no pude llenar esa hoja; eran demasiados. Hay tanta música dentro de mí que sigue obsesionándome y tocándome que ya parezco una catedral, pero hay cuatro discos que me marcaron de por vida y que nunca dejo de escuchar. Diría que son mis tatuajes, porque para mí los verdaderos tatuajes se llevan en el corazón…esos son los míos, música.
El primero me llegó a los 12 años con Tribute de Yanni; a los 15, Laced/Unlaced de Emilie Autumn. Esos dos prácticamente me salvaron la vida. Luego a los 20’s vino mi adorada Björk con Biophilia, y Yoko Kanno con The Creation. Ellas me hicieron resucitar y con su trabajo encontré mi sentido: ahí descubrí que sería compositora.
Pero el año pasado llegó el quinto: LUX. Solo Dios sabe cuántas veces lo he escuchado. Vino a salvarme del infierno, de la culpa, la desidia, el rencor y el dolor, devolviéndome a esa luz y pureza que nadie te puede arrebatar. Y ayer, por segunda vez, vi a Rosalía en el Lux Tour. Ha sido el concierto más increíble de mi vida. Lo más curioso es que, en pleno show, me llegó la luna. No podía parar de llorar, sintiendo tanto, con el cuerpo levitando de pura vida. Fue sentir a Dios en todas sus manifestaciones posibles. Yo conocí a Dios en la música y ahí terminó mi pelea con Él: en el lugar donde lo encontré. La música es Dios y Dios es la música.
No me interesa hablar de referencias de arte, géneros infinitos ni análisis técnicos; de eso ya hay de sobra. Para mí, LUX es un mapa de reconstrucción de pura mística femenina, articulado a través de las hagiografías de distintas tradiciones y épocas. Rosalía no las usa para hacer un retrato histórico, sino como arquetipos para explorar esa misma tensión entre lo divino, el dolor, el lenguaje y el cuerpo que me atravesó.
Ahí conviven voces de todos los tiempos: la noción de viriditas y la fuerza de la naturaleza en las visiones de Santa Hildegarda de Bingen; la renuncia radical a la riqueza en Mio Cristo Piange Diamanti inspirada por Santa Clara de Asís; o el amor a Dios por sí mismo, sin miedo al Infierno ni ambición de Paraíso, que profesaba la poeta sufí Rābī'a al-'Adawiyya y que hace de La yugular una de mis piezas predilectas. El disco también bebe de la automutilación de la monja zen Ryōnen Gensō como negación de la objetificación en Porcelana, y del ascetismo de Santa Rosa de Lima en Reliquia, donde la belleza se transmuta a través del dolor. A ellas se suman la furia terrenal y política previa a la conversión de Santa Olga de Kiev, el desapego y la disolución del ego de Anandamayi Ma, el cuidado ascético de Santa Fabiola, y la lectura trágica de Juana de Arco como voz profética andrógina y de María Magdalena en su intimidad sagrada.
En el plano literario, esa misma variedad responde a la Teoría de la bolsa de la narrativa de Ursula K. Le Guin. De ahí se extrae la estructura del álbum: no un relato lineal de clímax y resolución violenta masculinista, sino un recipiente donde coexisten voces, lenguas y fragmentos de vidas ajenas sin necesidad de un hilo conductor ególatra.
A partir del texto que Rosalía publicó en Substack en octubre de 2025 (Una escalera a Dios), se entiende cómo el acto de cantar desafía la gravedad física cuando el cuerpo opera al revés de su configuración cotidiana.
Cuando escribe que las costillas son un acordeón, la garganta un río y el pecho un prado sin vallas, le devuelve al cuerpo su condición de instrumento vertical, un puente tensado entre el barro y la luz. La voz no busca la aprobación terrenal; opera hacia atrás, desarmando la anatomía para construir una escalera. En esa tensión donde el canto desafía el abandono, el álbum deja de funcionar como una colección de canciones pop y se convierte en un recipiente donde la vulnerabilidad se asume como una forma radical de poder. Y si lo pensamos bien, la voz ni siquiera existe como un órgano: si abrimos el cuerpo humano y la buscamos, no la encontramos. La voz es un fenómeno que solo existe cuando está sucediendo.
Ese recipiente no pretende contener la divinidad, sino dejarse atravesar por ella. La cita de Rābi'a al-'Adawiyya que abre el proyecto lo deja claro: ninguna mujer pretendió nunca ser Dios. Hay una sabiduría antigua en reconocer el propio lugar sobre la tierra, en renunciar a la tentación del ego y al hambre de idolatría. Temas como Sobiño Blond exponen ese stripping místico donde el caviar, las perlas y las certezas materiales revelan su futilidad. Despojarse del exceso no es una mortificación vacía; es retirar los muros de miedo y venganza que nos impiden escuchar. Cuando las narrativas de cobardía se disuelven, el futuro deja de ser una amenaza y la existencia se vuelve ligera, dispuesta a ser habitada sin armaduras.
Esa ligereza exige abrazar primero el vacío. Apoyándose en el pensamiento de Simone Weil sobre la gravedad y la gracia, la obra recuerda que el amor no funciona como un consuelo sedante. El consuelo es una curita temporal; la luz, en cambio, exige romper la estructura previa para filtrarse por las grietas. La gravedad nos arrastra hacia abajo, a las leyes naturales del dolor y la pérdida, pero la gracia irrumpe únicamente cuando aceptamos la noche oscura. En esa colisión donde la gravedad se vuelve graciosa y la gracia adquiere un peso grave, la tragedia deja de ser un error del destino para transformarse en el terreno exacto donde la luz encuentra espacio para operar.
Avanzar a ciegas se convierte entonces en la única prueba real de fe. Como la figura de Juana de Arco ante el cadalso o la poética de David Whyte, la desaparición del mapa no indica que nos hayamos perdido, sino que estamos haciendo algo verdaderamente radical. No hace falta ver el desenlace ni exigir spoilers de la existencia; basta con entender que el suelo bajo el paso inmediato es sólido. La entrega absoluta al destino, el amor fati, no es resignación pasiva, sino la decisión consciente de convertir cada ruptura en un espacio dispuesto a ser colmado. Al final, intervenir el arte y la vida con la misma devoción con la que los monjes anotaban los márgenes de los manuscritos medievales es recordar que la realidad no nos ataca: nos atraviesa, y en ese tránsito nos devuelve la capacidad de convertir cualquier sombra en un acto de pura transparencia.
Por todo esto, LUX ha sido para mí un punto de inflexión personal y espiritual, un refugio y un manual de vida que no solo se escucha, sino que se respira y se aplica a diario. Ha sido un mapa para tramitar el dolor y la ansiedad, un ancla para entender que las tragedias o los momentos de vacío no son ataques de la vida, sino acontecimientos necesarios dentro de un orden mayor. El disco funcionó casi como una terapia gratuita.
Representa también ese espacio de limbo entre el cielo y la tierra. Escuchar La yugular me permitió entender el álbum como el punto medio exacto donde lo terrenal del cuerpo toca lo divino de las estrellas. Como está escrito en el Corán (50:16): «…y estamos más cerca del ser humano que su propia vena yugular». Siendo la yugular el centro vital del cuerpo, nos recuerda que Dios no es un ser lejano en el cielo, sino una presencia que habita en lo más profundo de nuestro ser.
Esta propuesta funciona como una práctica de fe radical en lo cotidiano, una invitación constante a dar el siguiente paso a ciegas, confiando en que el suelo no se va a romper bajo los pies. Es algo que aplico tanto a mis decisiones existenciales como a actos mínimos: hacer un video, componer, escribirle a alguien o tomar una decisión académica. LUX me dio la capacidad de transmutar cualquier situación difícil en abundancia, contagiar esa frecuencia donde todo lo que se construye con amor le pertenece al individuo por derecho divino.
Cierro con un pensamiento que llevo tiempo madurando: vivimos equivocados creyendo que Dios es exclusivamente masculino, o manteniendo una concepción reduccionista de lo divino. Si lo vemos con claridad, todo es manifestación divina. Nuestro primer país fue el cuerpo de la mujer, nuestro primer elemento fue el agua y nuestra primera realidad fue la noche fértil del útero. Hoy vivimos en un sistema que sataniza la penumbra y olvida esas primeras aguas que nos dieron vida, buscando consumir la luz como un trofeo sin honrar la oscuridad sagrada de la que brota. Ser mujer es ser noche, luna, agua y misterio; es sostener la vida y la muerte. Una sociedad que huye del misterio y de la sombra, que pretende adorar la luz mientras destruye la matriz que la genera, es incapaz de reconocer a Dios en el cuerpo de la mujer. De esa integración entre la noche que nos gesta y la luz que nos atraviesa es de lo que realmente trata LUX.
Gracias, Rosalía. Ojalá la vida nos permita conocernos, comer juntas, reírnos y componer, tal vez, una pieza que transforme alguna vida, justo como tú lo has hecho conmigo desde Los Ángeles y El mal querer.


